El Papa Francisco no es argentino

Para sectores obtusos o con intereses políticamente paganos no resulta fácil de entender cuál es la dimensión del Papa Francisco o bien, se esmeran y hasta hacen campaña por empequeñecerla para procurar embarrarlo. El odio en sangre viene de tiempos de la colonia, es sabido. Y un nuevo aniversario de su pontificado resulta un oportuno momento para esos cultores del daño.

El Papa no es argentino, es global.

No hay ingenuidad en determinados comentarios, columnas o editoriales. Pueden haber posturas anti por razones genuinas, naturalmente que sí; nadie concentra plenas adhesiones. El punto es que hay quienes, claramente, ubicaron y ubican a Francisco en el centro de un ring ficticio.

Jorge Mario Bergoglio nació en la Argentina, desarrolló en el país una intensa actividad pastoral y popular y marcó una profunda huella empuñando una bandera de humildad y entrega, propia de elegidos. Jesuita, conocido hincha del club de fútbol San Lorenzo de Almagro, preocupado por los pobres y las causas que llevan a la pobreza, por las injusticias y sobre todo, por tener los pies literalmente en la tierra.

Anda por el mundo portando su pasaporte argentino, ningún otro: Su argentinidad está fuera de discusiones serias, el tema es otro más abarcativo, Francisco dejó de ser argentino en el momento en que fue elegido Papa para volcar su mirada desde una perspectiva amplia y diversa. Puede que el título del artículo comience a entenderse.

Llegó a Arzobispo de Buenos Aires escuchando opiniones, quejas y pedidos a bordo de transporte de colectivo y derramó sabiduría en numerosos curas villeros (afincados en barrios pobres), que al presente siguen palpando la realidad en vivo y directo. Nadie les cuenta qué sucede en los ámbitos donde la necesidades son realmente necesidades, la experimentan día tras día.

«Mi gente es pobre y yo soy uno de ellos», ha dicho más de una vez Francisco para explicar la opción de vivir en un departamento en Buenos Aires y prepararse la cena él mismo. A sus sacerdotes siempre les ha recomendado misericordia, valentía apostólica y puertas abiertas a todos. Lo peor que puede suceder en la Iglesia, explicó en algunas circunstancias, «es aquello que Henri De Lubac (Cardenal francés fallecido en 1991) llama mundanidad espiritual», que significa «ponerse a sí mismo en el centro». Y cuando cita la justicia social, invita en primer lugar a volver a tomar el catecismo, a redescubrir los diez mandamientos y las bienaventuranzas. Su proyecto es sencillo: Si se sigue a Cristo, se comprende que «pisotear la dignidad de una persona es pecado grave».

Desde esta premisa el primer Papa americano de la historia recorrió estos 8 años. Bien resume Monseñor Gustavo Carrara, el Obispo Auxiliar de Buenos Aires para la Pastoral en villas: “Se abocó a las periferias geográficas y existenciales, y mirar desde ahí”.

Y en este marco, el Papa pregonó que “no sólo hay que darles de comer a quienes tienen hambre, sino que hay que sentarse con ellos en la misma mesa; entrar y estar en comunión”, como aporta Monseñor Carrara.

“Siempre pensé que uno ve el mundo más claro desde la periferia, pero en estos últimos siete años como Papa, terminé de comprobarlo. Para encontrar un futuro nuevo hay que ir a la periferia”, escribió el Papa en el libro Soñemos juntos, de diciembre de 2020.

Francisco no eligió las luces de las grandes capitales para desembarcar con el protocolo vaticano, optó por focalizar en las periferias, donde habitan serios problemas estructurales, dolorosos. Caso reciente, su visita a Irak, donde procuró tender puentes, fomentar fraternidad y suscribir que “la religión no es fuente de violencia”.

Desde su entronización en 2013, Francisco hizo 33 viajes en los que visitó 53 países de cuatro continentes. Espera poder llegar a Oceanía cuando la pandemia lo permita, con una postergada visita a Papúa Nueva Guinea.

Fue en 2017 el primer Pontífice en visitar Myanmar (ex Birmania), donde llegó para exponer lo que las Naciones Unidas (ONU) y organizaciones de derechos humanos califican como una limpieza étnica o un genocidio contra la minoría musulmana de los rohingya. Por citar un ejemplo.

Claro que los sectores ultra conservadores de la propia Iglesia Católica mascullaron y mascullan disconformismo con el derrotero papal. Por ejemplo, aquel mensaje de “¡Hagan lío!… ¡Quiero lío en las diócesis, quiero que la Iglesia salga a la calle!” destinado en 2013 a la multitud en Río de Janeiro en la Jornada Mundial de la Juventud. Se lo recuerda como un punto de partida diferente a la tradición pontificia.

Modificó costumbres y protocolos, abrió puertas a debates y se plegó a la modernidad en términos de comunicación: Reconoció rápidamente que en este tiempo es importante poder llegar con mensajes y contenidos por todos los caminos que permite la virtualidad. Máxime, si la fe resulta erosionada por una sociedad mundial del sálvese quien pueda.

Francisco, menciona Monseñor Carrara, aspira también a que se puedan sentar “en las mesas de las decisiones los pueblos más pobres”, desde una clara perspectiva de justicia. Podría sostenerse qué mejor que quienes padecen situaciones puedan ser partícipes de las búsquedas de las soluciones.

Y “Sanar el mundo”, el libro que recoge las catequesis del Papa Francisco en la audiencia general sobre los caminos por seguir para salir mejor de la crisis desatada por el Covid-19, acompañándolas de algunas preguntas para la reflexión.

Y Francisco en la Cumbre de Jueces Panamericanos sobre Derechos Sociales y Doctrina Franciscana… Apenas un tramo literal:

La “injusticia social naturalizada” ―o sea como algo natural― y, por tanto, invisibilizada que sólo recordamos o reconocemos cuando “algunos hacen ruido en las calles” y son rápidamente catalogados como peligrosos o molestos, termina por silenciar una historia de postergaciones y olvidos. Permítanme decirlo, esto es uno de los grandes obstáculos que encuentra el pacto social y que debilita el sistema democrático. Un sistema político-económico, para su sano desarrollo, necesita garantizar que la democracia no sea sólo nominal, sino que pueda verse plasmada en acciones concretas que velen por la dignidad de todos sus habitantes bajo la lógica del bien común, en un llamado a la solidaridad y una opción preferencial por los pobres (cf. Carta enc. Laudato si’, 158). Esto exige los esfuerzos de las máximas autoridades, y por cierto del poder judicial, para reducir la distancia entre el reconocimiento jurídico y la práctica del mismo. No hay democracia con hambre, ni desarrollo con pobreza, ni justicia en la inequidad.

Las miradas cortas, tendenciosas o cargadas de ese odio que lastima atacan al Francisco global, al Francisco italiano, iraquí, brasileño, que habla y piensa en múltiples idiomas, que piensa, se preocupa y ocupa de las principales problemáticas de este mundo que parece en fuga, desde un ángulo que puede fastidiar a poderosos y arlequines de la sociedad de consumo.

Y las encíclicas Lumen Fidei (La luz de la fe), Laudato SI (Alabado seas) y Fratelli Tutti (Hermanos todos). Y los cientos de claros mensajes y gestos. SALUD Francisco.

foto: Vatican News

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